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Cuando la construcción es destruir ( Por Roberto Baschetti )

Hace tiempo vengo insistiendo que la decisión definitiva que tenemos que tomar los argentinos es si queremos o no construir un país, una Nación, una Patria. En definitiva, lo que parecería natural de toda comunidad que se precie como tal, que se conciba como tal. Es decir, como colectividad y que quiera y desee subsistir, trascender al tiempo, darle continuidad a su especie. Ni más ni menos que elaborar un lugar en el mundo para sí, para sus hijos y para los hijos de sus hijos.
No conozco ninguna especie vegetal, animal ni mineral que no trabaje, como acción elemental, para el cuidado de su propia colonia.
No conozco ninguna especie -aunque en verdad mi conocimiento no es muy amplio- que no haya trabajado a lo largo de su evolución para mejorar las condiciones objetivas y subjetivas para su desarrollo.
Sin embargo parece ser que nosotros, los argentinos, no participamos de este hecho elemental y original de cualquier especie: el cuidado de nosotros mismos y por lo tanto de nuestro lugar en el mundo.
Es dable ver como sometemos invariablemente a destrucción sistemática todo lo que poco a poco se va logrando. Como en un afán “correctivo” inaudito desarmamos, ladrillo tras ladrillo, lo que ha costado esfuerzo, trabajo y generaciones ir acumulando. Es dable ver como en las sombras o la luz, sectores sociales, políticos, grupos económicos, corporaciones, personas sociales o personas físicas individuales se empeñan y comprometen energías -dignas de mejor causa- en sacar rédito, beneficio y provecho para sí, individual o sectorial, como si la “especie” fueran nada más que ellos o cuanto más, el reducido grupo de pertenencia familiar, social, económico, corporativo o político al que pertenecen. Como si no se pudiera pensar en el benéfico colectivo, en el bien común, en el provecho de todos.
Una Nación, una Patria debiera ser como una familia donde primero se piense en el bien de todos sus miembros. Y una vez asegurado el provecho colectivo, comunitario -el que abarca a todos los sectores- se empiece el debate de cómo se distribuye ese bien general. Es decir qué miembro o qué sector debiera ser el mayor beneficiado. O con que equilibrio se va consolidando a uno o a otro “hermano-sector” de ese núcleo social “Nación-familia”.
Pero nosotros no. Nosotros, los argentinos, construimos la destrucción de nuestro propio tejido. Con prolijidad, paciencia, persistencia y obsesión fuimos -y lo seguimos haciendo- construyendo la destrucción de los pequeños o grandes logros que nuestra comunidad colectividad fue haciendo en los jóvenes doscientos años de historia que pronto estaremos cumpliendo. ¿Llegaremos a cumplirlos?
Día a día vemos a los profetas del odio y del desmán desguazar a esta altura lo poco que va quedando de “los laureles que supimos conseguir”. Vimos -con horror de algunos- el festín de los pocos que desmantelaban nuestras ganancias e inversiones de muchos de esos doscientos años en nombre de la modernización. Del beneficio de lo privado. O sea, hoy es fácil conseguir un teléfono y las comunicaciones son modernas carísimas y de otros. En fin, para que abundar en algo que ya nos duele a todos.
Años atrás asistimos a la sistemática y dolorosa destrucción de una cantidad de logros trascendentes, importantes, de infraestructura porque los había construido “el régimen” que había sido derrocado en nombre de la “libertad”. ¿Y qué nos dio a cambio ese derrocamiento?
Años después y para consolidar el proyecto “libertario”, “libertador” de la “Libertadora” vimos como el Proceso masacraba a dos generaciones en la más cruel de los genocidios fratricidas. ¿Alguien se preguntó, alguna vez, el costo económico que significó esa masacre? No hablo de la inversión criminal. Hablo del costo que significó para una Nación, para un Estado, construir hombres y mujeres inteligentes, sanos, instruidos, vitales, capaces, creativos y aptos durante años y años -tomemos un promedio de 30 años- para pasarlo a degüello y exilio en apenas 4 ó 5. Los invito a la cuenta.
El final de este devenir es contemporáneo y reciente.
Para terminar el trabajo sucio y brutal que comenzó en el 55 fue primero Alfonsín que se perdió la oportunidad histórica. La patota cultural recuerdan. Los hombres del Presidente ¿los recuerdan? En realidad ni siquiera hace falta recordarlos porque todavía andan por ahí dando vuelta en el espacio de la política nacional. Sí, desde hace veinte años ocupan bancas y cargos: Stubrin, Moreau, Jesús Rodríguez, Storani, el perdedor de la provincia de Buenos Aires que no me acuerdo como se llama, y uno que empezó antes hasta llegó a Presidente de la Nación: Fernando De La Rua y hay más.
Luego el “máximo”, “el mejor”, el número 1: Mandinga, el discípulo del Diablo. El que perfeccionó el sistema de perversión y destrucción. El que encontró la llave para el cerrojo. El que logró lo que ninguna dictadura. El que consiguió lo que solo consiguen los traidores, los verdaderos y totales traidores: la total destrucción y la parálisis. Carlos Saúl Menem. El más grande traidor de los doscientos años. Solo comparable a Bernardino. El que en nombre del progreso, de la modernización del Estado, del primer mundo, de los teléfonos privados, del eficientismo tecnocrático, de los hornos microondas, de las pantallas de computadoras, de los autos último modelo, de las camisas de Taiwán y de las remeras Lacoste nos puso el moño e inmoló lo que con tantas trabajo, luchas, sangre y lágrimas habíamos sabido conseguir: leyes de protección laboral, legislación previsional, salud y educación públicas, empresas estatales deficitarias algunas y gananciosas otras como YPF o Aerolíneas Argentinas. Claro que no lo hizo solo iban en su auxilio y compañía los Kohan, los Korach, los mi hermano Carlo -el inútil y nunca bien ponderado senador Eduardo-, los Bauzá, los Cafiero en su ir y venir, los Cavallieri, los Manzano, los Irma Roy y tantos otros: los cipayos Alzogaray con la princesa María Julia a la cabeza. Adelina Dalesio de Viola, Ricardo Rojo, Galimberti, Patti, Rico.
¡Basura! ¡Escoria!
Creciditos políticos entrenados en la destrucción con veinte años de incesante e insensato “trabajo”.

Creo haber llegado a una conclusión y por tanto debo recapacitar y reconstruir la formulación: hay argentinos, muchos argentinos a los ya mencionados y en todas las actividades -periodistas, empleados, empresarios, artistas, comunicadores, trabajadores, intelectuales, profesionales, abogados, deportistas, médicos, ingenieros, agentes de turismo, contadores, economistas, arquitectos, dirigentes gremiales, barriales, piqueteros, desocupados y mendigos, hombres y mujeres, jóvenes promesas y no tan promesas, que construyen. Sí. Hay un importante número de argentinos, de compatriotas, que construyen meticulosamente, día a día, hora a hora, minuto a minuto, con una paciencia de Lama y precisión de cirujano la destrucción sistemática de nuestra Nación de nuestra Patria. Del mejor lugar en el mundo que le podemos dejar a nuestros hijos.