Hace tiempo
vengo insistiendo que la decisión definitiva que tenemos
que tomar los argentinos es si queremos o no construir un país,
una Nación, una Patria. En definitiva, lo que parecería
natural de toda comunidad que se precie como tal, que se conciba
como tal. Es decir, como colectividad y que quiera y desee subsistir,
trascender al tiempo, darle continuidad a su especie. Ni más
ni menos que elaborar un lugar en el mundo para sí, para
sus hijos y para los hijos de sus hijos.
No conozco ninguna especie vegetal, animal ni mineral que no trabaje,
como acción elemental, para el cuidado de su propia colonia.
No conozco ninguna especie -aunque en verdad mi conocimiento no
es muy amplio- que no haya trabajado a lo largo de su evolución
para mejorar las condiciones objetivas y subjetivas para su desarrollo.
Sin embargo parece ser que nosotros, los argentinos, no participamos
de este hecho elemental y original de cualquier especie: el cuidado
de nosotros mismos y por lo tanto de nuestro lugar en el mundo.
Es dable ver como sometemos invariablemente a destrucción
sistemática todo lo que poco a poco se va logrando. Como
en un afán “correctivo” inaudito desarmamos,
ladrillo tras ladrillo, lo que ha costado esfuerzo, trabajo y generaciones
ir acumulando. Es dable ver como en las sombras o la luz, sectores
sociales, políticos, grupos económicos, corporaciones,
personas sociales o personas físicas individuales se empeñan
y comprometen energías -dignas de mejor causa- en sacar rédito,
beneficio y provecho para sí, individual o sectorial, como
si la “especie” fueran nada más que ellos o cuanto
más, el reducido grupo de pertenencia familiar, social, económico,
corporativo o político al que pertenecen. Como si no se pudiera
pensar en el benéfico colectivo, en el bien común,
en el provecho de todos.
Una Nación, una Patria debiera ser como una familia donde
primero se piense en el bien de todos sus miembros. Y una vez asegurado
el provecho colectivo, comunitario -el que abarca a todos los sectores-
se empiece el debate de cómo se distribuye ese bien general.
Es decir qué miembro o qué sector debiera ser el mayor
beneficiado. O con que equilibrio se va consolidando a uno o a otro
“hermano-sector” de ese núcleo social “Nación-familia”.
Pero nosotros no. Nosotros, los argentinos, construimos la destrucción
de nuestro propio tejido. Con prolijidad, paciencia, persistencia
y obsesión fuimos -y lo seguimos haciendo- construyendo la
destrucción de los pequeños o grandes logros que nuestra
comunidad colectividad fue haciendo en los jóvenes doscientos
años de historia que pronto estaremos cumpliendo. ¿Llegaremos
a cumplirlos?
Día a día vemos a los profetas del odio y del desmán
desguazar a esta altura lo poco que va quedando de “los laureles
que supimos conseguir”. Vimos -con horror de algunos- el festín
de los pocos que desmantelaban nuestras ganancias e inversiones
de muchos de esos doscientos años en nombre de la modernización.
Del beneficio de lo privado. O sea, hoy es fácil conseguir
un teléfono y las comunicaciones son modernas carísimas
y de otros. En fin, para que abundar en algo que ya nos duele a
todos.
Años atrás asistimos a la sistemática y dolorosa
destrucción de una cantidad de logros trascendentes, importantes,
de infraestructura porque los había construido “el
régimen” que había sido derrocado en nombre
de la “libertad”. ¿Y qué nos dio a cambio
ese derrocamiento?
Años después y para consolidar el proyecto “libertario”,
“libertador” de la “Libertadora” vimos como
el Proceso masacraba a dos generaciones en la más cruel de
los genocidios fratricidas. ¿Alguien se preguntó,
alguna vez, el costo económico que significó esa masacre?
No hablo de la inversión criminal. Hablo del costo que significó
para una Nación, para un Estado, construir hombres y mujeres
inteligentes, sanos, instruidos, vitales, capaces, creativos y aptos
durante años y años -tomemos un promedio de 30 años-
para pasarlo a degüello y exilio en apenas 4 ó 5. Los
invito a la cuenta.
El final de este devenir es contemporáneo y reciente.
Para terminar el trabajo sucio y brutal que comenzó en el
55 fue primero Alfonsín que se perdió la oportunidad
histórica. La patota cultural recuerdan. Los hombres del
Presidente ¿los recuerdan? En realidad ni siquiera hace falta
recordarlos porque todavía andan por ahí dando vuelta
en el espacio de la política nacional. Sí, desde hace
veinte años ocupan bancas y cargos: Stubrin, Moreau, Jesús
Rodríguez, Storani, el perdedor de la provincia de Buenos
Aires que no me acuerdo como se llama, y uno que empezó antes
hasta llegó a Presidente de la Nación: Fernando De
La Rua y hay más.
Luego el “máximo”, “el mejor”, el
número 1: Mandinga, el discípulo del Diablo. El que
perfeccionó el sistema de perversión y destrucción.
El que encontró la llave para el cerrojo. El que logró
lo que ninguna dictadura. El que consiguió lo que solo consiguen
los traidores, los verdaderos y totales traidores: la total destrucción
y la parálisis. Carlos Saúl Menem. El más grande
traidor de los doscientos años. Solo comparable a Bernardino.
El que en nombre del progreso, de la modernización del Estado,
del primer mundo, de los teléfonos privados, del eficientismo
tecnocrático, de los hornos microondas, de las pantallas
de computadoras, de los autos último modelo, de las camisas
de Taiwán y de las remeras Lacoste nos puso el moño
e inmoló lo que con tantas trabajo, luchas, sangre y lágrimas
habíamos sabido conseguir: leyes de protección laboral,
legislación previsional, salud y educación públicas,
empresas estatales deficitarias algunas y gananciosas otras como
YPF o Aerolíneas Argentinas. Claro que no lo hizo solo iban
en su auxilio y compañía los Kohan, los Korach, los
mi hermano Carlo -el inútil y nunca bien ponderado senador
Eduardo-, los Bauzá, los Cafiero en su ir y venir, los Cavallieri,
los Manzano, los Irma Roy y tantos otros: los cipayos Alzogaray
con la princesa María Julia a la cabeza. Adelina Dalesio
de Viola, Ricardo Rojo, Galimberti, Patti, Rico.
¡Basura! ¡Escoria!
Creciditos políticos entrenados en la destrucción
con veinte años de incesante e insensato “trabajo”.
Creo haber llegado
a una conclusión y por tanto debo recapacitar y reconstruir
la formulación: hay argentinos, muchos argentinos a los ya
mencionados y en todas las actividades -periodistas, empleados,
empresarios, artistas, comunicadores, trabajadores, intelectuales,
profesionales, abogados, deportistas, médicos, ingenieros,
agentes de turismo, contadores, economistas, arquitectos, dirigentes
gremiales, barriales, piqueteros, desocupados y mendigos, hombres
y mujeres, jóvenes promesas y no tan promesas, que construyen.
Sí. Hay un importante número de argentinos, de compatriotas,
que construyen meticulosamente, día a día, hora a
hora, minuto a minuto, con una paciencia de Lama y precisión
de cirujano la destrucción sistemática de nuestra
Nación de nuestra Patria. Del mejor lugar en el mundo que
le podemos dejar a nuestros hijos.