RODOLFO
KUSCH Y EL VIVIR SIN MAGIA
Rodolfo
Kusch es una de nuestras personalidades olvidadas. Su obra tuvo
muy escasa aceptación en Argentina. En cambio, en Latinoamérica
mereció elogios, atentas lecturas, y la aceptación
de que, a través de su pensar, se rescata la dignidad filosófica
de las cosmovisiones indígenas americanas. Kusch cristalizó
un gesto intelectual intolerable para el común de los académicos:
aprovechó una formación clásica en filosofía
occidental no para desentrañar lo ya pensado por alguna de
las consagradas luminarias del pensamiento europeo. Por el contrario,
su empeño fue revalidar la visión de la realidad de
la cultura incaica. Su obra paradigmática en este sentido
es América profunda. Mediante el análisis de la visión
del mundo andino, Kusch examina su categoría existencial
del "estar" que contrapone al "ser" europeo.
El "estar" supone un situarse cerca de un centro donde
se concentran y conservan energías mágicas y divinas
que se deben respetar y conjurar. Por contrapartida, el "ser"
se entronca con la ansiedad occidental del "ser alguien",
el deseo de colmar con contenido y significado un vacío que
se amoneda en la intimidad profunda del sujeto de Occidente. Otras
de las obras esenciales de Kusch son Indios, porteños y dioses
(a la que pertenece el texto que transcribimos abajo); Charlas para
vivir en América; El pensamiento indígena y popular
en América. Gracias a Kusch, podemos recuperar la audacia
de un pensar que primero imagina. Imagina un cielo, una selva, una
montaña y un surco arado de tierra, donde no se propagan
los colores de los presupuestos occidentales. Cuando el pensar de
ascendencia europea anhela entrever, aspirar, una cultura extraña,
arcaica, premoderna, los pulmones se acaloran con un aire mágico.
Por eso, ahora transcribiremos en este Recuerdo de lo Sagrado de
Temakel la defensa del filósofo argentino de la magia indígena
en contraste con el opaco realismo de la Buenos Aires moderna, o
de cualquier ciudad contemporánea.
SIN MAGIA PARA VIVIR
Uno de los motivos por los cuales rechazamos el altiplano, estriba
en que allá se cree en la magia, y nosotros aquí en
Buenos Aires, ya no creemos en ella. Somos extraordinariamente realistas
y prácticos, por cuanto creemos en la realidad.
¿Y qué es realidad para nosotros? Pues eso que se
da delante de uno: las calles, las paredes, los edificios, el río,
la montaña o la llanura. Todo esto no se puede modificar,
porque no puedo cambiar de lugar una casa, ni alterar la orientación
de una calle, ni puedo traspasar diagonalmente una manzana para
llegar a mi hogar, ya que mi cuerpo es mucho más endeble
que las paredes. La realidad indudablemente se impone porque es
dura, inflexible y lógica. Más aún, es una
especie de punto de referencia para nuestra vida, porque, cuando
andamos mucho en las nubes, viene una persona práctica y
nos dice: "hay que estar en la realidad".
Y si no lo hacemos, se nos invoca la ciencia. Ella es la teoría
que da una rara concreción a la realidad de tal modo que,
no sólo ésta se refiere a las paredes y a las piedras,
sino también a otros órdenes. Hay una ciencia económica
para nuestros sueldos, otra para la política, otra para nuestras
aspiraciones profesionales, otra para nuestros impulsos. Y todo
es realidad, aunque "científica". La realidad es
entonces como un mar de plomo, que abarca un sin fin de sectores,
y en el cual debemos desplazarnos con cuidado.
Pero un día estamos tranquilos en nuestra casa, y viene un
amigo y nos trae la noticia de que en la esquina hay un plato volador.
¿Y nosotros qué decimos? Pues ver para creer. De inmediato
pensamos salir corriendo, claro está doblando prudentemente
las esquinas para llegar al lugar donde se depositó el extraño
artefacto. Ahí lo veremos, y luego creeremos. La realidad
coincide con las cosas que se ven.
Pero podría ocurrir que no saliéramos corriendo, y
le dijéramos a nuestro amigo: "¿Me vas a hacer
creer que se trata de un plato volador?" Y el amigo nos respondiera:
"Todo el mundo lo dice". Es curioso, ya lo dijimos, por
una parte yo le hago notar al amigo que él me tiene que hacer
creer, y por la otra, él se confabula con todo el mundo,
o sea con los seis millones de habitantes de Buenos Aires, para
que yo le crea. Y esto ya no es ver creer, sino al revés:
creer para ver. A veces tengo que ver la realidad para creer en
ella, otras veces tengo que creer en la realidad para verla. Por
una parte quiero ver milagros para cambiar mi fe, y, por la otra,
quiero cambiar mi fe para ver milagros.
Por eso, podemos creer en la realidad y en la ciencia, pero nos
fascina que un hechicero del norte argentino haga saltar el fuego
del fogón, para hacerlo correr por la habitación.
También nos fascina que en Srinagar, en la India, algún
guru o maestro realice la prueba de la cuerda, consistente en hacerla
erguir en el espacio y en obligar a ascender por ella a un niño,
quien probablemente nunca más volverá a descender.
Y también nos fascinan los malabaristas en el teatro, porque
hacen aparecer o desaparecer cosas, o seccionan a un ser humano
en dos partes, y luego las vuelven a pegar sin más. ¿Y
qué nos fascina en todo esto? Pues que la realidad se modifica.
¿Y en qué quedó el carácter inflexible,
duro, lógico y científico de la realidad?
Mientras escribo estas líneas veo por mi ventana un árbol.
Este pertenece a la dura realidad. ¿Si yo me muero, el árbol
quedará ahí? No cabe ninguna duda. ¿Pero no
podría pasarle al árbol lo que a nosotros, cuando
muere un familiar querido? ¿En este caso qué lamentamos
más: la ausencia definitiva del familiar, o más bien
la hermosa opinión que él tenía de nosotros?
¿Le pasará lo mismo al árbol? Yo siempre lo
he visto hermoso, y mi vecino, quien es muy práctico, ya
no lo verá asi. Cuando yo muera, morirá mi opinión
sobre el árbol, y el árbol se pondrá muy triste
y se morirá también.
¿Pero no habíamos dicho que la realidad es dura, flexible
y lógica? Así lo dicen los devotos de la ciencia.
Pero a mí nadie me saca la sospecha de que los árboles
no obstante piensan y sienten. Porque ¿qué es la ciencia?
No es más que el invento de los débiles que siempre
necesitan una dura realidad ante sí, llena de fórmulas
matemáticas y deberes impuestos, sólo porque tienen
miedo de que un árbol los salude alguna mañana cuando
van al trabajo. Un árbol que dialoga seria la puerta abierta
al espanto y nosotros queremos estar tranquilos, y dialogar con
nuestros prójimos y con nadie más. Evidentemente no
creemos en la magia, no sólo porque tengamos una firme convicción
de la dureza de la realidad, sino ante todo porque necesitamos llevarnos
bien con 6 millones de prójimos encerrados en la ciudad de
Buenos Aires. Y para ello es preciso poner en vereda a los árboles
con su lenguaje monstruoso y creer en la dura, inflexible y lógica
realidad. (*)
(*) Fuente: Rodolfo Kusch, Obras completas(vl), Indios, porteños
y dioses, Buenos Aires, Editorial Fundación Ross.
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