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POR UN “ARGENTINAZO” CULTURAL


La sabiduría popular una y otra vez pone a rodar el dicho de que no tiene sentido “llorar sobre la leche derramada”. Esto viene a cuento porque hoy se extraña en nuestros artistas e intelectuales el compromiso inteligente con el País y con el pueblo. Y decimos compromiso inteligente (todo junto) porque los términos por separado producen los estragos que están a la vista. Los “comprometidos” son pacíficos pequeño burgueses que se anotan en todas las carreras en las que hay algún dinerito, mientas cantan “gracias a la vida que me ha dado tanto”, y los inteligentes lo son de manera abstracta creyendo que la tierra y la rosa son mundos incomunicables. Todos, claro, le escapan a la dimensión política de la vida cotidiana, la que circunscriben a los medios de comunicación, la universidad, el teatrito catártico o el cine “experimental”.

Si como dice el tango “veinte años no es nada” lo mismo podemos decir del último cuarto de siglo en materia de cultura nacional: al desastre provocado por la dictadura militar hay que agregarle el de su correlato democrático en la misma materia (La cultura nacional: LA materia). La investigación científica ha sido sustituida por el “periodismo de investigación” de carácter moralizador, que no político, (¿dónde está el programa político de sus autores?) y más cercano, sustituido por el lamerse unas heridas que no tuvieron, dando cuenta de una guerra que no pelearon (Como los yanquis, ganando en el papel o en el cine la guerra que perdieron en la realidad vietnamita). Si en los 70 estuvieron ausentes del conflicto, hoy lo están de la realidad del País, reactualizando, “artísticamente”, la sangre y la bosta. El placer del olor ha generado un nuevo tipo social de intelectual y artista, funcional a los medios, falsamente crítico, “humanista”, “derecho y humano”, “pacifista”. De anti-imperialismo ni hablar. Es más cómodo divagar sobre los males de la “globalización”. Citar a Toni Negri, a Chomsky, perorar sobre la extinción de la Nación y el Estado (¿esto no es lo que quieren los liberales?). Nuestros viejos nacionalistas, a los tropezones con la historia de nuestro pueblo, y los malos marxistas que entrevieron nebulosamente la Nación (digo “malos marxistas”, porque los “buenos” eran pro-soviéticos...), dejaron el camino sembrado para revisar la historia de la picardía liberal , cuyos tataranietos día a día la repiten por radio, televisión, la prensa gráfica, la universidad, etc...

¿Qué hacer contra esta basura? En primer lugar superar el complejo que yo denominaría “la enfermedad del consenso”. No es obligatorio aprobar en nombre de la tolerancia aquello que la experiencia (el lugar privilegiado de la memoria) nos indica como nefasto para nuestro proyecto como comunidad organizada.
En segundo lugar, recuperar, aunque vengan degollando, las estructuras de organización en las que el pueblo se instaló cómodamente y con las que contribuyó a resolver sus problemas inmediatos. Desde la escuela hasta la Sociedad de Fomento o Club Barrial, pero esta vez impulsadas por el Estado local (Municipio) a partir de una creciente participación ciudadana. Ello implica, por principio repudiar el formalismo vacío de la votación “democrática” y sustituirlo por otros mecanismos de participación y control. En este último caso invirtiendo la pirámide penal y considerando delitos más graves los delitos contra la sociedad.
Para ello, la “reforma del Estado” requiere no “achicar el gasto público” (mente de contadores berretas) sino fragmentarlo piramidalmente. Allí la “conducta anómica”, como les gusta decir a los sociólogos, no resultará abstractamente individual, sino que pasará a tener impacto social, debiendo la responsabilidad ser juzgada en sus ámbitos específicos, sobre la base de responsabilidad social con el conjunto.

Las crisis siempre reclaman una profunda reforma intelectual y moral (esto es de Renan, no es mío). O sea , entender profundamente y establecer un código de conducta.Entender pasa por recuperar la conciencia histórica (el vapuleado revisionismo histórico está listo para darnos otras sorpresas: en definitiva es nuestra filosofía de la historia, aquello que nos brinda una guía de navegación). La reforma moral pasa por despojarnos de toda la lacra del individualismo liberal, colonial y consumista que el último cuarto de siglo vomitó sobre nuestro suelo. Así como nadie murió por haberse perdido en la época de la dictadura militar (1976-1983) las sesudas polémicas sobre la “muerte de Dios” (privilegio de algunos teólogos criollos) tampoco entraremos en coma por prescindir de la basura holliwoodense o de la música de las “FM”.
Como decía Perón, el corazón del pueblo es como el sol. De lejos parece frío y distante, pero cuando uno se acerca es de un fuego abrasador. Desde la gestión del Estado hay que abrir las instituciones a la participación popular. Desde la actividad de los intelectuales y artistas se debe recuperar las distintas manifestaciones de la creatividad de nuestro pueblo, en todos sus campos, como motivo de orgullo; recrear aquellas no perimidas, y disfrutar del recuerdo de aquellas sin las cuales no tiene explicación el presente. En definitiva, ni los más alambicados poetas tienen destino sino están firmemente arraigados en el suelo de su patria, que no es el mundo.

Hasta la más abstrusa filosofía o la pieza musical más soberbiamente elaborada tiene su lugar en este cuadro gigantesco y es susceptible de comprensión por cualquier hombre de nuestro pueblo. Para ello solo basta contar con las herramientas de acceso y la voluntad de hacerlo, si ello forma parte del proyecto personal.
En este doble movimiento, desde el Estado (que no está “arriba”) y desde la promoción cultural (que no implica una demasía, un “plus”, sobre la sociedad, sino una de las tantas funciones diferenciadas en su seno), creemos que está el primer paso, doloroso y contradictorio, para enderezar el rumbo siniestro adonde nos llevó la politiquería ordinaria disfrazada de salvadora de la patria.
La organización lenta del pueblo, que comienza a resolver sus problemas sin los aparatos estatales, pero sin dejar de privilegiar lo que entiende claramente como bienes irrenunciables (el trabajo digno, la vivienda, la educación y la cultura) y sin desconocer otras dimensiones a las que accede aun oscuramente (la dimensión de la técnica y las abstrusidades de la pequeña política) es el mejor reaseguro contra la disgregación que se nos intenta imponer mediante el status de neo-colonia. Si el “nivel 2” de la producción cultural (los intelectuales y artistas) no está a la altura de estos acontecimientos, es bueno recordarles los ejemplos finales de Leopoldo Lugones, Alfonsina Storni y Horacio Quiroga.
DOMINGO ARCOMANO.