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Dos aportes a la cultura nacional
( Por Domingo Arcomano )

Incorporamos a nuestra página noticias sobre dos obras que tendrán, sin duda, repercusión polémica sobre el debate en torno a nuestra cultura: Autor: Domingo Arcomano
Editorial: Fundación Bartolomé Hidalgo (2003)"PERON: Guerra y política -Las fuentes militares de Conducción Política" , de la que reproducimos su Introducción y sus Conclusiones constituye una investigación original (no reconoce antecedentes en el tema) sobre un aspecto de la formación intelectual de Juan Domingo Perón, en relación al cual se han vertido apreciaciones aventuradas, cuando no teñidas de mala fe y ausencia de espíritu crítico. Situaciones estas agravadas por provenir de ámbitos y personas vinculados al mundo académico. Una obra que podrá ser leída no solamente en función de sus aportes de investigación, sino como cuestionamiento a la "práctica de la historia" vigente en nuestro país, en la cual los enunciados genéricos, altisonantes y cargados de las mejores intenciones moralizadoras encubren la acción de grupos auto referentes, los que, excluyendo el pensamiento nacional, operan como vectores del pensamiento colonial.
"PERON: GUERRA Y POLITICA - Las fuentes militares de Conducción Política"
INTRODUCCIÓN
Nos proponemos presentar en este libro el estudio de un aspecto que nos parece central en la biografía intelectual de Juan Domingo Perón (1895-1974): las fuentes militares de "Conducción política". Siempre mentadas en forma indirecta a partir de afirmaciones genéricas --a su vez dependientes del bagaje conceptual de la ideología antiperonista--, su deficiente abordaje es una de las derivaciones casi fatales del fundado divorcio --aún existente en tierras americanas-- entre sociedad civil y corporación militar y de la desconfianza recíproca que condena al antagonista de ese drama a una supuesta incompetencia en cualquier materia que no se le supone específica.Determinadas por la proyección histórica del personaje -la máxima figura política del siglo XX argentino-- las pasiones en torno suyo relegaron voluntaria, y a veces maliciosamente, toda consideración racional de su formación intelectual. Fueron relegadas prácticamente a la inexistencia el estudio de sus lecturas formativas, la instrumentación de las mismas y, en el camino, la consideración de las inevitables modificaciones de los aspectos dogmáticos de teorías y conceptos por parte de quien, ostensiblemente, guardaba con ellos una relación marcadamente instrumental.Aquí radican las causas --responsabilidad de propios y extraños-- de esta ausencia que hoy gravita como una deuda. Un aspecto de esa consideración lo constituirá inevitablemente el rastreo y ponderación de las fuentes utilizadas por el propio Perón, en forma explícita o no, en el génesis de su propia producción intelectual.La aceptación o rechazo en bloque de sus pensamientos juzgados a la luz de su accionar político es el trasunto de su relevancia crítica (es decir, de ruptura, apertura y... cierre?) en la historia del pensamiento político argentino."Hijo de su siglo", como cualquier líder político, será en las concretas determinantes biográficas, con más las históricas -nacionales e internacionales-, donde deberán buscarse los principios del conocimiento fundado de su pensar y de su obrar, con vistas a superar las interpretaciones de puro sesgo partidario; o, superando el escenario local, de toma de partido "histórico" a la que nos tienen acostumbrados más de una simplificación europea o de factura anglosajona.Las fuentes teóricas de las que se nutrió, básicamente militares en la primera mitad de su vida, en un contexto de positivismo tardío y de reacción contra éste tal como se daban en la Argentina de las primeras décadas del s.XX (1), constituyen el marco de referencia válido para abordar la faceta de su pensamiento que nos hemos propuesta como objeto de estudio.Estos tres aspectos -determinantes históricas, fuentes teóricas y contexto ideológico-- nos han llevado a establecer referencias y comparaciones cuya finalidad es la
de presentar en panorama y criticar aquellas generalizaciones sin fundamento que, debiendo estar superadas por la investigación histórica, aún se hallan prestigiadas como criterios de verdad de conocimientos que no acaban de constituirse.Vinculado al tema principal, hemos intentado establecer el método que preside la utilización que Perón hace de la teoría militar a través de los aportes, selectivos, de Clausewitz, Von der Goltz (parte del bagaje de aquél, mediatizado por la concepción de la guerra moderna de este último) y del mariscal Ferdinand Foch. Esta metodología resultó coherente y funcional a la tarea didáctica de Perón en la década del 30, y será retomada dos décadas más tarde, ya como Presidente de la Nación, a través de un giro simple, pero original, de conceptos deslizados desde la teoría militar al campo de la política práctica, presentada a partir de reglas generales de acción.Centraremos, entonces, nuestro objetivo en el vínculo entre la Teoría de la Guerra y la Teoría de la "Conducción Política" , tal como la elabora y presenta Perón.En 1951, tuvieron lugar una serie de clases de Juan Domingo Perón, las que, recopiladas dieron origen a la obra "Conducción Política". No obstante su origen docente -actividad para la que estaba particularmente entrenado su autor-- devino en un pequeño tratado sobre la acción política, desde la perspectiva de la conducción política, entendida ésta por el propio autor como "capacitación para la conducción".Si bien el resumen propuesto por Perón se articula en el seno de la sociedad civil (entendemos civil como el ámbito donde se desenvuelve la acción política, y lo diferenciado en tiempos de paz, de la función militar), resulta perceptible su origen en los ámbitos de la Teoría y la Historia Militar.
Por ello, el problema a investigar lo hemos centrado en las fuentes y en el carácter de aquella vinculación; en el proceso de construcción de conceptos, en las derivaciones conceptuales, sus articulaciones y la construcción de la teoría de la conducción.Este camino nos ha llevado a establecer una correlación entre el rastreo de fuentes (enfoque histórico-genético) considerando el pensamiento de Perón en torno a la conducción como un pensamiento en desarrollo, y el análisis interno del pensamiento (enfoque sistemático) a través de su despliegue, atendiendo a su perceptible unidad latente o manifiesta.El vínculo entre la Teoría de la Guerra y la política tiene, a su vez, supuestos y derivaciones de no escasa envergadura, para la conformación de la teoría de la "conducción política":1) La misma asienta sobre un paradigma negativo de interpretación de la naturaleza humana (pesimismo, aunque matizado, no radical, "abierto" y "evolutivo");2) La teoría de la conducción opera sobre una determinada "situación": la "era de las masas" que tenía su correlato teórico en las obras militares de la época y en la de pensadores tales como Ortega y Gasset y Gustave Le Bon, muy difundidos en el mundo de habla hispana de entreguerras (Ia. y IIa. Guerra Mundial );3) La formulación tripartita (conductor, cuadros, masa) resulta el eje articulador de la obra principal de Perón en nuestro contexto de análisis ("Conducción Política"), cuyo origen es rastreable, entre otros, en Clausewitz;4) La necesidad de "préstamos" conceptuales, desde el ámbito de la Teoría de la Guerra al de la teoría política para hacer comprensible el nuevo diseño político, dando lugar a "trasvasamientos". Éste es un concepto clave para comprender el pensamiento de Perón en este punto. Aquí entendemos el trasvasamiento como un proceso de adaptación teórica a partir de una resemantización, configurándose dicha adaptación, a través de :a) La parcialización de conceptos originales (a partir de una pluralidad de fuentes: historiadores clásicos, teóricos de la guerra, filósofos, etc.);
b) La reducción del campo semántico (que se subordina al caso práctico);
c) La ampliación del campo semántico (para englobar situaciones nuevas);
d) La incorporación de elementos nuevos al concepto original (tendientes a una nueva presentación o a su inclusión en otra elaboración o marco de referencia teóricos);5) La política entendida en su concepto clásico, con sentido "agonal", de lucha (pero no en un sentido extremo, schmittiano, de "amigo/enemigo") desustancializada del sentido aniquilador, aunque sí desmovilizador, del adversario; la política entendida como una acción de riesgo existencial, diseñada sobre la matriz de la "teoría de la guerra", pero sin las consecuencias disvaliosas de la guerra, aunque en "Conducción Política" existen exabruptos que inducen a pensar lo contrario y que creemos atribuible al carácter coloquial de su origen.6) El rasgo absorbente de la actividad política, que apunta a una creciente uniformización del consenso.
7) Mientras la conceptualización de Clausewitz subordina la guerra a la política, en Perón la política (como fin) tiene un medio (la política): la concepción resulta circular, porque mientras en Clausewitz el objetivo de la guerra es la derrota del enemigo y la consecución de la paz, y la guerra no resulta en sí misma sino un medio -que impone en su expresión máxima, límites a la política--, en Perón la política es un medio, para un fin también político. En este punto encontramos un corolario de 6).
El período y los avatares políticos considerados se proyectan sobre buena parte del s.XX en Argentina. Inevitablemente, el rastreo de fuentes nos ha llevado al relevamiento de autores de los siglos XIX y XX, con vínculos directos con el tema de investigación.
Creemos que ésta es la primera identificación del tema dentro de los límites señalados, aunque reconoce su incentivo, entre otros, en los abordajes de las concepciones políticas de Perón -tales como los de José Luis Romero y Tulio Alpechín Donghi-- que aparecen sesgados por un manifiesto encono hacia el objeto de estudio, inscripto canónicamente en la "doctrina de Estado Mayor" (a la que se le atribuye en forma directa o indirecta, y sin fundamento teórico ni empírico, una factura nazi-fascista).
8) Para la recepción del positivismo en la Argentina, su proceso, crítica y la reacción contra el mismo, ver: Farré, Luis: "Cincuenta años de Filosofía en Argentina", Buenos Aires, Ed. Peuser, 1958, 362 págs.; Ricaurte Soler: "El Positivismo Argentino", Panamá, Imp. Nacional, 1959, 305 págs.; y Biagini Hugo E. (Comp.): "El Movimiento Positivista Argentino", Buenos Aires, Ed. de Belgrano, 1985, 590 págs. CONCLUSIONES"Era un escritor docto, y todos sus conocimientos
incidían sobre su tarea; tenía, además, a su
disposición, la justa medida de literatura anterior,
y nada más".T.S. Eliot ("¿Qué es un clásico?")"Conducción Política" reviste en la cultura argentina el carácter de clásico. Probablemente el único que ha brindado en tal sentido nuestra cultura política. Lo consideramos clásico no solamente como texto que al ser interrogado "siempre tiene algo que decir" sino que, como intentamos demostrar en estas páginas, permite ser abordado desde ángulos distintos a los intentos de cristalización canónica de propios y enemigos. La ingenuidad de los primeros ha sido irrelevante para su perpetuación. En cambio, aquellos que militaron y militan en el campo de sus más enconados adversarios permiten su supervivencia, siguiendo en este aspecto el destino de otros textos fundamentales del pensamiento político, al menos en la cultura occidental. La lectura de las obras de Perón, con la distancia que imprime un cuarto de siglo de la desaparición física del autor de la escena política, debiera permitir un acceso a las mismas no mediado por adhesiones o rechazos espontáneos y previos a un abordaje con un mínimo de pasión posible. Contemporáneos y sobrevivientes a su curso vital no pudieron acceder a esa lectura sino a partir de la sentencia condenatoria o absolutoria, emitida con anticipación a la tarea crítica. Y ésta, por supuesto, reducida a la tarea de convalidar lo que de antemano se tenía como cierto.Los "nobles odios" que prefirieron cultivarse con causa en la política, fueron cultivados, como en el pasado, por quienes, desechando la grave carga que impone la honestidad intelectual, abordaron el objeto de estudio para justificar o impugnar acciones políticas, y no para hacer claro lo oscuro, poner orden en el desorden, establecer filiaciones, continuidades o rupturas; para indicar, en suma, donde estábamos, cuál era la proveniencia del objeto de estudio y cuáles eran las vías que se abrían o cerraban a partir de él.Muchos de quienes ejercieron este tipo de crítica provienen o se ubican, con matices que a veces rozan lo incomunicable entre sí, en el espectro liberal-democrático o de izquierda, con las distintas presentaciones, corrimientos y gradaciones que han tenido en la Argentina esta fracciones político-ideológicas. Muchos, al calor de la contienda política (otros directamentes desde la barricada) gozaron también de la protección académica desde la cual prestigiaron sus producciones. Todos, contribuyendo a empañar la comprensión de procesos, ideas y personajes de por sí complejos en un proceso de cambio acelerado.La interpretación falseada por los a-priori ideológicos y partidistas, la lectura escasa o nula y la ausencia de investigación debieron ser por sí solos, los argumentos inapelables para la desestimación de los resultados. Lejos de ello, ese producto acabado gozó de buena supervivencia, instalándose aún hoy en nuevas producciones y afirmaciones tenidas como "de sentido común".La historia intelectual de Juan Domingo Perón nunca se ha escrito, asediada por las pasiones que negaban la posibilidad de obrar en el campo intelectual a aquellos que por su origen o profesión no resultarían portadores de calidades exigidas por los preceptos académicos. El resultado fue un muestrario de la impotencia en la que militaron no solamente los herederos del golpe militar de 1955, sino aquellos que en los años 70, y previo "corrimiento a la izquierda", lanzaron la consigna 'la vida por Perón'; y que hoy, cargados de años, conviven como pueden sin alcanzar a explicar, ni explicarse, nada.La formación de Perón: sus lecturas, su labor en la cátedra y la reelaboración de todas esas variables en el campo de la acción política, aunadas a la producción intelectual de variado signo constituyen la desmentida a un juicio cargado de sujetividades cuestionables antes que de valoraciones criticas.El núcleo central del pensamiento de Perón no surge "ex - nihilo", como no surge ninguna producción humana, ni es la aceptación pasiva de expresiones en boga. Este rasgo, lejos de ser uno negativo como lo imputa Halperín Donghi, resulta ser de originalidad, en el sentido de ponerse, por la vía de la reestructuración y reelaboración de conceptos, como modelo de sí mismo.El profesionalismo del primer Perón, podría haber desembocado en una carrera simplemente militar y de trámite burocrático. Sin embargo, su ruptura con ella, encabalgada en los acontecimientos políticos -revolución de 1930-- y la "fortuna" que lo acompaño en sus pasos posteriores resultaron una de las claves para presentar, bajo una nueva faz, ciertas formulaciones teóricas prestigiadas por el paso del tiempo.Reacio a influencias definitivas, el vínculo de Perón con las ideas reviste un carácter marcadamente instrumental. Esta especial predisposición de ánimo tiene un probable origen en la asimilación profunda de conceptos militares: azar, incertidumbre, peligro, relatividad, particularidad, todas notas distintivas de la contienda bélica, que son denotadas también por conflictos de distinta naturaleza (los de la vida humana).Y a ellos no escapa el conflicto político.Moviéndose siempre dentro del marco de acción impuesto por la legalidad democrática, Perón expuso en sus primeros mandatos, sobre todo en "Conducción Política", una visión del poder, de su acceso al mismo y su finalidad, notoriamente divergente de las teorías sobre el funcionamiento de la democracia, que circulaban atravesadas por fórmulas jurídicas alejadas de un correlato objetivo con la práctica política (la "política criolla" que criticaba el mismo Perón).Es indudable la raigambre militar de su pensamiento político, acusada en fórmulas, estructuras, hasta teorías o fragmentos de ellas que --modificándose y hallando una nueva posición-- cruzan "Conducción Política", en una versión diluida que sirve para promover "el eje firme" que dota de sentido al conjunto: el conductor."Conducción Política" resulta una obra "fácil pero difícil". Su aparente estructura es constantemente desmontada por Perón a lo largo de su exposición; y sin remontarse a sus fuentes inmediatas y mediatas muchos de sus conceptos corren el riesgo de ser erróneamente comprendidos. Late en sus páginas el "Príncipe", de Maquiavelo, heredero desnaturalizado de los "espejos de príncipes" que cruzaron la Edad Media hasta llegar al florentino. Perón, como aquél, presentó "las cosas" -para usar una frase cara a Isaiah Berlin-- que "son lo que son".He intentado destacar los temas fundamentales de "Conducción Política" en relación a sus fuentes específicas. Otros abordajes, con otras metodologías son factibles, lo que da cuenta de su riqueza conceptual.El conjunto presentado por "Conducción Política", no mecánico, cuya puesta en acto es algo más que el funcionamiento de las partes articuladas en un todo, tiene un sujeto rector (quien ejerce la conducción), una teleología (fin político) y un condicionante que informa el conjunto (los valores morales), desarrollando su proceso dentro de la legalidad institucional. La creciente uniformización del consenso que explícitamente persigue, configura uno de los elementos de tensión más destacado, pues esa pretensión, llevada a su extremo teórico, desemboca en la estructura única y excluyente.Quizá ahí radique uno de los aspectos de su rechazo por parte del pensamiento "liberal-democrático": El texto propone lo que dicho pensamiento no puede enunciar bajo pena de hacer estallar sus principios teóricos, aunque la propia práctica liberal-democrática se encamine hacia el mundo de George Orwell. Idéntico rechazo se advierte en el pensamiento de izquierda , aunque aquí la exigencia del partido único no es planteada como producto de la gradualidad, sino como una imposición violenta de la realidad.Si el trabajo que antecede posibilita de alguna forma la comprensión de aquellos núcleos temáticos y de estas tensiones, reactualizando el estudio -lo más desapasionado posible-- de un pensamiento político aún vigente, consideraremos cumplido el objetivo que nos llevó a escribirlo.DOMINGO ARCOMANOAutor: Eduardo Romano
Editorial: Catálogos S.R.L."PALABRAS (E IMÁGENES) CRUZADAS -Literatura y periodismo en los primeros semanarios ilustrados rioplatenses" constituye una lúcida y profunda investigación sobre el contexto de aparición de las nuevas publicaciones en el Río de la Plata, a fines del siglo XIX. Como bienes simbólicos que acompañan las demandas de las nuevas clases emergentes, coexistieron en su producción inmigrantes y criollos que amalgamaron las experiencias locales y ultramarinas generando un producto original en el que se cruzaban los productos del "viejo país" con los de los movimientos renovadores. "El Negro Timoteo" y "Caras y caretas" destacan en el panorama, junto a otras publicaciones periódicas y autores que escapan a la tradicional clasificación de la historia literaria consagrada. La obra resulta un excelente ejemplo de que la metodología científica no está reñida, como es de práctica ritual en nuestro medio, con la recuperación del acervo nacional
SÍNTESIS de:
PALABRAS (E IMÁGENES) CRUZADAS Literatura y periodismo en los primeros semanarios
ilustrados rioplatenses
Este libro de Eduardo Romano propone una metodología distinta de los criterios puramente "contenidistas" para leer publicaciones periódicas, sobre la base de las propuestas que Roger Chartier formulara, cierto que a propósito del libro y de libros publicados entre los siglos XVI y XVIII. Sus sugerencias, aplicadas a publicaciones periódicas de fines del siglo XIX y comienzos del XX, adquieren nuevas proyecciones. A partir de ahí, y del aprovechamiento de una terminología semiótica e informática alrededor del texto, entendido como configuración lingüística con el suficiente grado de cohesión, de coherencia y de relativa clausura, redefine a las publicaciones periódicas como hipertextos que reúnen, organizan y jerarquizan hipotextos, según reglas que deben ser explicitadas para iniciar una adecuada interpretación del conjunto y de cada uno de sus formantes.Esa metodología es aplicada más precisamente a un nuevo tipo de publicaciones que surgen, en el Río de la Plata, durante las últimas décadas del siglo XIX y en consonancia con una serie de modificaciones económico políticas y socioculturales. Como parte de un proceso de modernización que se asienta sobre la definitiva inserción de la región en el mecado mundial como proveedora de bienes primarios y consumidora de manufacturas y capitales. Eso, más la masiva incorporación de inmigrantes ultramarinos, quienes comenzaron a fusionarse no de manera fácil con los nativos expulsados de la pampa por la definitiva instauración del alambrado y de la propiedad rural, incidió en el surgimiento de nuevos sectores sociales: las clases medias, ocupadas en las tareas terciarias que el crecimiento demográfico, edilicio y de servicios que las dos capitales del Plata requerían; y un proletariado que se incorporó a los talleres artesanales y a las primeras fábricas suburbanas.Pronto, ambos sectores reclamaron bienes simbólicos que colmaran sus necesidades de entretenimiento en los momentos de ocio, y suficientemente diferenciados de los que solía consumir la clase dirigente, a la vez que pequeños burgueses y obreros definían gustos y hábitos propios. En ese contexto, las publicaciones ilustradas populares juegan un cierto papel conector, aunque eso mismo puede reconocerse, cierto que con mayores limitaciones, en otros fenómenos también novedosos, como los teatros de variedades, el género chico español primero y luego también criollo, los folletos de venta callejera con versos gauchescos, en jerga cocoliche o en una abigarrada mezcla de ambas, etc.Por su particular ductilidad para concitar la atención de públicos diversos, me interesaron especialmente las revistas ilustradas populares, y sobre todo Caras y Caretas, que aparece en octubre de 1898. Pero esa aparición estuvo precedida de un largo proceso que era necesario historiar, dada la ausencia de datos al respecto, y que se remonta a 1880 y a la edición de Buenos Aires Ilustrado de Pedro Bourel. Esa publicación y las que le siguieron durante la década del 90 (Buenos Aires, La Ilustración Sud-Americana, etc.), eran todavía híbridos de la revista literaria y aun intelectual, costaban mucho y llegaban a un público exclusivamente selecto. Se aclara que la revista literaria es la dedicada enteramente a la ficción, incluida en general también la reflexión crítica (Bibliográficas) acerca de ella, y se reserva el nombre de revista intelectual para la que incluye artículos de historia, jurisprudencia, etc.El gran éxito de Caras y Caretas se debió al hallazgo de una fórmula capaz de vincularse con ese nuevo público lector que se estaba gestando, debido asimismo al crecimiento de los índices de alfabetización en la gran ciudad y sus alrededores. Con un precio ($ 0,20) sensiblemente inferior a las anteriores, la más barata de las cuales se vendían a $ 0,50, la revista que dirigía el entrerriano José Alvarez con el auxilio de un Redactor (Eustaquio Pellicer) y un Dibujante (Manuel Mayol), ambos españoles, cautivó un número inusitado de lectores desde su aparición (15.000 ejemplares vendidos del primer número) y alcanzó en los años siguientes cifras sorprendentes.La eficacia de su fórmula residía, además, en combinar lo que habían sido las exitosas publicaciones satírico-políticas anteriores, como El Mosquito desde 1864 y Don Quijote desde 1883, eminentemente gráficas, con el material de lectura (literario, histórico, costumbrista) que ya ofrecían las primeras revistas ilustradas. Un verdadero símbolo de su capacidad para fundir lectores diversos y que se completó con el hecho de recurrir tanto a la caricatura, privativa de las primeras, como a la fotografía de que se vanagloriaban las segundas. Caras y Caretas había cumplido un ciclo en Montevideo, entre 1890 y 1897, aunque como revista satírico-política que lentamente fue sumando artículos y textos, incluso literarios, dentro de sus modestas 4 páginas iniciales, pero el hecho de esa emigración pone de manifiesto la existencia de un público afín en ambas orillas del Plata.
Por esa razón la búsqueda no se limita a los antecedentes argentinos y revisa asimismo publicaciones satíricoburlescas uruguayas anteriores, como El negro Timoteo, y semanarios ilustrados precursores en esa ciudad, como Vida Montevideana. Ese origen común explica también que entre los colaboradores de la Caras y Caretas bonaerense hubiera muchos uruguayos y que incluso algunos periodistas cruzaran el Río para aprovechar las mayores posibilidades que la infraestructrura editorial ofrecía en la Argentina.A continuación son analizados los primeros años de la publicación, hasta el momento en que Fray Mocho, el más popular de los seudónimos empleados por Alvarez en la revista, la dirigió; es decir hasta su muerte, acaecida en agosto de 1903. Esa lectura respeta lo que el autor juzga la mayor innovación, en ese aspecto: la articulación de la imagen con la palabra, del texto icónico con el verbal. Una innovación que prestaría carácter definido a toda la cultura del siglo XX y que sobrevenía casi en forma contemporánea con los primeros carteles publicitarios, las primeras historietas y las primeras películas.Privilegia ese análisis los textos literarios y la manera como también en ese plano evidenció la revista una táctica integradora, concediendo espacio a las poéticas en vigencia e incluso a los movimientos renovadores. Así, los poemas o narraciones nativistas, de Elías Regules o Martiniano Leguizamón, convivieron con los cuentos realistas-reformistas de Roberto Payró y las viñetas sujetas a igual poética de Francisco Grandmontagne, pero ya en el primer número aniversario, de enero de 1899, colaboraron las adalides del modernismo, Rubén Darío y Leopoldo Lugones. A esa variedad se sumó, como algo específico, un cúmulo de textos costumbristas en prosa o verso que fueron menguando posteriormente.En el lapso 1898-1903 sirvieron para que el gran público tuviera lecturas que le ayudaran a procesar el nada fácil encuentro entre nativos e inmigrantes, y en esa respuesta recayó, sin duda, un decisivo factor de su rápida y sorprendente popularidad. Por eso el estudio reconstruye, lateralmente, las etapas del costumbrismo argentino, arrancando desde La Moda (1837/1838) y pasando por los decisivos aportes de Eduardo Wilde y del injustamente olvidado Marcos Arredondo (Croquis bonaerenses). Un asiduo colaborador, el boliviano Julio Jaimes (Brocha Gorda), padre del poeta Jaimes Freyre, compañero de Darío en aventuras como la dirección de El Mercurio de América (1897-1900), demostraba que era necesario hablar de crónicas modernizadoras más que de crónicas modernistas, lo cual confirmaba relecturas críticas del modernismo realizadas en las últimas décadas y que lo identifican como una corriente literaria de la modernidad, más que sólo como un estilo.Finalmente, se detiene en los dos grandes animadores literarios de Caras y Caretas: Fray Mocho, que renovó al género costumbrista con sus diálogos sin encuadre ni narrador, tan afines con las escenas del teatro por secciones criollo, y en el español ya mencionado Grandmontagne, quien compuso una verdadera casuística alrededor del proceso inmigratorio, mediante textos que a veces agrupó bajo el título Galería de inmigrantes y fue un representante de la llamada generación del 98 en Buenos Aires. Para explicar convenientemente esa producción, el trabajo recorre también lo que habían escrito y publicado ambos antes de ingresar a Caras y Caretas.Otros aspectos discursivos de la publicación, menos literarios, merecen asimismo especial atención. Por ejemplo, las diversas funciones asignadas al verso, desde la humorística o satírica, hasta la artística, pasando por la publicitaria. Los avisos que combinaban caricatura y estrofa fueron sin duda otro atractivo de sus páginas y están oportunamente comentados. Así como el papel y crecimiento de las noticias policiales, junto a cierto eclecticismo para referirse a los sectores sociales marginales, tanto suburbanos como rurales. En ese aspecto, la publicación trazó un perfil del indio, condenó sus malones en el nordeste, pero también la forma de reprimirlos.El ensayo culmina con una lectura del primer semanario ilustrado uruguayo exitoso, Rojo y Blanco. Desde el título, esa revista suma a la búsqueda de integrar sectores sociales lectores efectuada por Caras y Caretas, la de propiciar una conciliación entre los dos partidos opositores tradicionales de la banda Oriental. Si en un principio su presentación está más próxima al tipo revista literaria, se va transformando poco a poco, dedica mayor espacio a la actualidad, a lo policial, a la vida en los suburbios, etc. En este caso, aunque más brevemente, aborda la producción de algunos escritores respaldados por la publicación, como Carlos Reyles, Javier de Viana y el costumbrista que firmaba Agapito Quincoces y era en lo civil José Ríos Silva.Unas Conclusiones, en fin, subrayan el nacimiento del periodista-escritor, o viceversa, que vela sus armas en esta clase de publicaciones periódicas, a las cuales contribuye inclusive de una manera también innovadora, porque las mismas requieren materiales literarios sobre ciertas circunstancias (Año Nuevo, Navidad, Pascua, los cambios de estación, la conmoción social provocada por las primeras huelgas generales y el modo de reprimirlas, etc.), inaugurando otras formas, más profesionales, de encarar la escritura y no sólo en el caso de textos informativos o comentarios. Abundan poemas y relatos alusivos a sucesos de actualidad, con diferentes niveles de elaboración artística. Sus autores no se sienten menoscabados por responder a demandas explícitas y algunos de esos materiales -Payró sirve al respecto de ejemplo- pasan luego a sus libros.