El país ha producido siempre en función del beneficio,
sin disciplinar cabalmente su producción en función
de las necesidades esenciales de la población.
Es indudable que se perdió tiempo y que los recursos no
fueron convenientemente utilizados.
Sin embargo, en la actualidad tenemos un ingreso por habitante
razonablemente elevado y, además, el país se está
industrializando aceleradamente. Esta realidad me permite afirmar
que no somos un país subdesarrollado.
La distribución del ingreso familiar no es aún la
más adecuada y mucho debe hacerse para vigorizarla. En
realidad, hacia 1955, se había llegado a un nivel en la
distribución y en la participación del salario en
el ingreso nacional, que satisfacía las necesidades de
la población.
Desde allí las soluciones económicas siguieron a
las soluciones políticas y la participación del
salario en el ingreso disminuyó.
Es imposible mantener una distribución socialmente aceptable
si las decisiones económicas no acompañan a la política
social que se desea imponer. Cuando las decisiones económicas
siguen un patrón inadecuado, la distribución del
ingreso queda subordinada al mismo, más allá de
los buenos deseos de cualquier gobierno. En consecuencia, lo que
llamamos "Justicia Social" también requiere para
su materialización efectiva participación del gobierno
y elevada eficiencia del mismo.
Se produjo, por otra parte, un decisivo retroceso en el terreno
de las decisiones económicas. Hasta 1943, con industrialización
incipiente, dichas decisiones estaban adaptadas a los intereses
del campo. Buscamos establecer un sano equilibrio para promover
la industrialización y una organización del poder
de decisión para nuestro sector industrial. En 1955 no
se había alcanzado a afirmar la existencia de un empresariado
industrial argentino como factor contribuyente al desarrollo nacional,
pero se estaba en el camino. Desde entonces la industria creció
con alto apoyo externo, pero el capital extranjero se concentró,
en gran medida, en el aporte tecnológico y también
en la compra de empresas existentes en el país.
Debemos tener en claro que lo esencial con respecto a los objetivos
debe perseguir una actividad radicada en el país, es que
éstos deberán atender tanto al aporte de la economía
nacional como el beneficio del empresario. Esto debe definir una
conducta coherente respecto de los intereses nacionales y los
del empresariado.
Pero si se trata de obtener tantos beneficios como sea posible,
consolidando intereses que están en el exterior, los aportes
a la economía nacional se alejarán considerablemente
de lo que resulta conveniente para el país.
En esta materia no basta con lograr soluciones apresuradas para
las grandes cuestiones, pensando que todo lo demás ha de
resolverse por sí solo. No basta tampoco con elaborar soluciones
a medidas, tomando decisiones sobre la inversión externa
sin establecer claramente la actividad en la cual han de insertarse.
Hay que establecer políticas diferenciales, en todos los
campos, y fijar con precisión suficiente la forma de preservar
los objetivos nacionales.
También se comprueba que no hubo una conciencia adecuada
sobre la utilización de los recursos financieros del país,
por cuanto no se alcanzó a determinar con claridad si la
masa de capital interno disponible posibilitaba el desarrollo
y la expansión, o si era necesaria su incrementación
con el aporte de capital extranjero para alcanzar tales objetivos.
Igualmente, es necesario tener en cuenta que no existe similitud
entre concentración de capital y concentración empresaria.
Eso debe conducirse armoniosamente de acuerdo con las reales necesidades
nacionales.
Analizando el proceso, se ve -en otro tipo de problemas- que cuando
una sociedad incrementa el grado de sofisticación del consumo,
aumenta a la vez su nivel de dependencia. Esto es, en gran medida,
lo que ocurrió entre nosotros.
Por un lado, el ciudadano se ve forzado a pagar por la tecnología
de lo banal; por otro, el país gasta en divisas en un consumo
innecesario.
Pero a la vez, es impostergable expandir el consumo esencial de
las familias de menor ingreso, atendiendo sus necesidades con
sentido social y sin formas superfluas. Esta es la verdadera base
que integra la demanda nacional, la cual es motor esencial del
desarrollo económico.
El proceso económico ha mostrado, además, que el
país acumula más ahorro del que usa. En otras palabras,
que lo que gana con sus exportaciones, excede a lo que necesita
gastar a través de sus importaciones y otros conceptos.
No obstante ello, tal posibilidad fue insuficientemente explotada,
ya que a la par de incrementar la deuda pública no se logró
el desarrollo nacional requerido por el país.
Tuvimos todo tipo de experiencias en este sentido y ahora, entre
otras cosas, sabemos combatir establemente un mal como la inflación,
y ello se consigue sólo cuando hay capacidad política
para usar el remedio natural dado por una política de precios
e ingresos.
Es evidente que las "recetas" internacionales que nos
han sugerido bajar la demanda para detener la inflación,
no condujeron sino a frenar el proceso y a mantener y aumentar
la inflación.
En esta cuestión no se acertaba con la solución
adecuada. Por épocas se bajó la demanda pública
a través de la contención del gasto -olvidando el
sentido social del gasto público- ; se bajó la demanda
de las empresas a través de la restricción del crédito
-olvidando también el papel generador de empleo que desempeña
la expansión de las empresas-; y se bajó la demanda
de los trabajadores a través de la baja del salario real.
Pero como al mismo tiempo no se adoptaban las medidas para que
todos participaran en el sacrificio, en definitiva fueron las
espaldas de los trabajadores las que soportaron el peso de estas
políticas de represión de demanda para combatir
la inflación que el país aceptó, y que repitió
aunque su ineptitud quedó bien probada por la propia historia.
Es ésta una experiencia muy importante derivada de nuestro
proceso; y puesto que necesitamos evitar la inflación para
seguir adelante con auténtica efectividad, debemos tenerla
permanentemente en cuenta.
Por otra parte, se puede ver que hubo una insuficiente utilización
de recursos, especialmente del recurso humano que ha sido deficientemente
incorporado en los últimos lustros, de acuerdo con la evidencia
surgida de las tasas de desempleo. Lo mismo aconteció con
el recurso formidable que significa el capital intelectual, científico
y técnico nacional, emigrando por falta de oportunidades
de trabajo en el país.
A esto se llegó por carecerse de planificación,
ya que cuando se planifica adecuadamente, pude lograrse una utilización
total de los recursos disponibles.
Para que la
planificación sea efectiva no bastan los planes de mediano
o largo plazo. Las decisiones concretas de política económica
requieren también planes de corto plazo, que deben ser
los reales propulsores de la actividad. Es a través de
ellos que la coyuntura puede ser manejada en función de
su verdadero valor de instrumento para conducir la economía
en el mediano y largo plazo.
Realizada
la planificación en tales términos, es posible actuar
realmente con la eficiencia necesaria para lograr la mayor parte
de la expansión física que el país debe producir
año a año.
En
gran medida, en los últimos lustros nos hemos manejado
con nombres y no con programas; y - salvo en algunos períodos
que deben ser rescatados por la seriedad de conducción
- la política que resultó, ha sido de neto corte
liberal.
La conducción en el campo económico está
en excelentes condiciones para alcanzar sus objetivos, cuando
su contexto aparece definido en programas de acción claramente
concebidos.
En última instancia, la experiencia de lo que hace a la
planificación en este campo es también definitiva;
el gobierno en lo económico no tiene otra forma de conducirse.
La planificación es consecuencia necesaria de la organización,
e instrumento para la conducción concreta.