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Reflexiones sobre patrimonio - participación social y desarrollo


El patrimonio de nuestro país ha estado siempre amenazado por su permanente exclusión como tema de la agenda política, produciendo esta falta, la desidia y el abandono en que se encuentra nuestra memoria. Uno de nuestros desafíos como Nación hoy es intentar revertir éste “abandono patrimonial”.
En el pasado cercano la Secretaria de Cultura de la Presidencia de la Nación y el Consejo Federal de Cultura, entendieron que, el mejor camino para instalar este prioritario tema en la agenda, es la participación de la comunidad en su conjunto. No solo de los gobiernos sino también de todas las estructuras sociales.
Desde ese lugar intentaron que se comprenda que patrimonio y desarrollo social deben ser dos caras de una misma moneda. Camino, por cierto, que recién empezamos a transitar y con excelentes resultados. Muestra de ello es el magnifico trabajo de base realizado por la Provincia de Jujuy con las comunidades locales, que resultó en el reconocimiento de la quebrada de Humahuaca como Patrimonio de la Humanidad.

La experiencia del Camino del Inka.

Una propuesta de la Secretaría de Cultura de la Nación fue llevar adelante una experiencia que promueva políticas de puesta en valor patrimonial como motor del desarrollo. Esta tarea se está concretando en territorios de nuestro país donde se concentra una gran riqueza patrimonial y, paralelamente, altos índices de desocupación y pobreza.
El proyecto se desarrolla en el noroeste y en la región de Cuyo, generando expectativas de mejor calidad de vida para los sectores más deprimidos que se encuentran en estas regiones, que históricamente han tenido menos acceso a los servicios y beneficios de las Secretarias de Cultura Provinciales, como así también, el permanente olvido de la Nacional.
Existe hoy como siempre, una desconexión total, entre estas comunidades regionales más pobres y estas iniciativas.
En este contexto, para el Planeamiento Estratégico y el Plan de Gestión, surgen distintas especulaciones sobre quién tiene la legitimidad para seleccionar lo que debe ser preservado, a partir de qué valores, en nombre de qué intereses y de qué grupos. Hasta hoy estas preguntas debían ser contestadas por las autoridades y se veía como un tema eminentemente técnico.
En el último tiempo asistimos a un nuevo escenario en donde aparentemente esta percepción ha cambiado, prueba de ello es que temas relativos a la conservación del patrimonio cultural han salido de los claustros académicos y el ámbito técnico para entrar a la consideración de la ciudadanía en general.
Quiero citar aquí y en este contexto a José de Nordenflycht que, en un muy buen articulo sobre el tema, expresa claramente la realidad de la manipulación por parte de los sectores de poder del tema del patrimonio y el divorcio que se produce con la población en general como consecuencia de esta realidad.
“Aunque ya sea ampliamente reconocido que el primer paso para la protección del patrimonio es su conocimiento, la ciudadanía no debe ser sólo informante sino que también intérprete de ese legado, ya que no solamente la destrucción del patrimonio es una demostración de poder, sino que también, y de manera más compleja, la conservación selectiva que el poder hace de un legado cultural determinado. Decidir qué es lo que se conserva, decidir qué es lo que nos representa será mucho más determinante que la destrucción y el olvido, de hecho la construcción de las nacionalidades latinoamericanas desde el proyecto histórico de sus oligarquías republicanas del siglo XIX operaba bajo esa estrategia, la cual se intentará revertir por medio del largo proceso de modernización y democratización de nuestras sociedades hasta el día de hoy”.
Diría sobre este tema Rodolfo Walsh, “La historia parece propiedad privada, cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas”.
Debemos saldar la historia de nuestra identidad con nuestros cuatro abuelos: El abuelo indígena, el negro, el mestizo y el inmigrante europeo, los sectores de poder que representaban los intereses de la oligarquía local, forzaron el olvido de todos menos del europeo, al cual le asignaron el valor de depositario de la cultura y la civilización. Fuimos dando así la espalda a la Patria Profunda. A las raíces que ya habían dado flor y fruto. Regadas con pasión, coraje, sudor y sangre de héroes y mártires anónimos.
Debemos también saldar la deuda de olvido por la herencia común que compartimos con toda América Ibérica, que se manifiesta, como en este caso, en numerosos testimonios a lo largo no solamente de cinco siglos, sino a través de milenios. Es posible aun reconocer rasgos de esta herencia sedimentada en sucesivas capas en muchos aspectos de nuestras prácticas culturales: la música, el baile, la vestimenta, la comida, los ritos sagrados, la arquitectura, las artes plásticas, los cultivos, las organizaciones y relaciones sociales y un mismo idioma, con sus matices, con sus variedades y diversidades, pero maravillosa herencia de la misma fuente.
Compartimos también el tozudo empecinamiento de las luchas por la libertad y la independencia, que continúan aun y, por supuesto, el maravilloso sueño de la Patria Grande.
En el campo de esta especialidad, hay un debate aun no saldado entre dos posturas encontradas, una, que interpreta a nuestros monumentos y sitios, nuestros centros históricos, en fin cualquier bien patrimonial mas allá de su escala territorial, desde la visión esteticista y un banal concepto de la historia y otros que entendemos que el patrimonio es portador de un mensaje trascendente que supera su materialidad y por eso nos permitimos un análisis crítico de lo que cada uno de ellos representan. Por un lado solo lo formal, por otro lado el patrimonio como soporte de un mensaje del pasado para conocernos y reconocemos.
Unos preocupados solo por la materialidad del objeto, descontextuado de la comunidad que le da sentido, otros que sin despreciar el soporte, ponen sus esfuerzos en descifrar y trasmitir el mensaje codificado que les llega del pasado. Estas posiciones encontradas llevan a mostrar por un lado el patrimonio de la gran patria Iberoamericana, como el reservorio de la memoria y la identidad, no exentas de traiciones y grandezas, de proyectos de disolución o gestas emancipadoras, de heridas profundas y desencuentros aun no superados y toda esa rica historia consolidada en la materialidad de nuestro patrimonio. La otra visión, conlleva el inmenso e inminente peligro de considerar a nuestra Hispano América, como un gran parque temático, un subproducto de la aldea global, un sacrificio más en el altar de la globalización y el mercado.

El desafío entonces es activar la participación no solo en el goce del patrimonio, sino también en la apropiación completa por parte de la comunidad de este bien que le pertenece y fundamentalmente también en despejar interrogantes de origen para cualquier proyecto, como son responder las preguntas ¿qué, por que, para que y para quien recuperar?
Los intentos de respuesta a éstas preguntas fueron desplegando una fuerte controversia desde hace años en nuestro país y aun esta no se encuentra saldada.
La reflexión sobre los proyectos de revitalización de los conjuntos arqueológicos urbano y rurales como este gran sistema patrimonial Camino del Inka, parten del reconocimiento de que son únicos e irrepetibles y por ello es importante reconocer a estos por sus características totales y peculiares, aun fuera de su materialidad, aunque “este afuera” tengan pocos "valores artísticos", según el concepto académico, pero la población se identifica con ellos para mantener un anclaje con su memoria histórica.
No debe ser entonces sólo una valoración monumental, se deben tener en consideración otros muchos valores, entre ellos los simbólicos-culturales, que remiten a la memoria colectiva de una comunidad.
Tiene que ver esto entonces, también, con la defensa del patrimonio, porque la destrucción de esos valores, supone, la voluntad de terminar, no solo con un recorte de un universo urbano o rural irrepetible, sino con la memoria y cultura de esos grupos humanos. Para preservar este espacio es necesario controlar y regular la entrada de otros usos, entre ellos los turísticos, entendidos a veces a todos ellos malamente como proyectos de turismo cultural.
Es por esto, que cuando se muestra entre algunos planificadores al turismo cultural como factor de desarrollo y crecimiento, es a veces una salida fácil y otras veces solo una estrategia engañosa, si no es verdaderamente turismo cultural. Porque proyectos mal concebidos o implementados, muchas veces son la principal amenaza o factor de riesgo para la comunidad y su desarrollo. Es precisamente en el patrimonio intangible donde estos malos proyectos producen los mayores impactos, muchas veces difíciles de medir y anticipar, creándose entonces para mantener la imagen inicial, escenografias que restan autenticidad a la propuesta turística.
Por esto la verdadera noción de Turismo Cultural debe fundamentalmente estar vinculada al desarrollo social, en ese difícil equilibrio entre los “expertos”, el sector político y la participación popular a través sus organizaciones.
Solo así podremos legitimar las políticas de patrimonio y turismo cultural que serán naturalmente las que la construcción y el fortalecimiento de las comunidades exijan.
Una de las características de las pequeñas comunidades rurales es la de tener una identidad cultural definida, aunque esta no sea suficiente para el desarrollo de proyectos que le permitan “ganarse la vida” y este camino es un rosario de pequeñas comunidades.
Intentar reactivar los valores locales debe ser una estrategia general para intentar detener el estado recesivo de esos grupos culturales y potenciar su capacidad de desarrollo local, que permita la autosustentabildad.
Una identidad cultural definida en un área especifica, es en la actualidad, un escaso y necesario producto para el turismo cultural, por lo tanto, la valoración de este recurso debe constituirse en el potencial del desarrollo, la identidad cultural es en definitiva el gran convocante y como consecuencia aquello que nos permitira un proyecto de recuperacion auto sustentable.
En su momento la puesta en valor del patrimonio tangible, fue la panacea que los operadores turísticos propusieron y consumieron. En este y otros proyectos debe ser el patrimonio intangible el gran reconocido como activo emblemático representante de la identidad. En el camino del inka en particular y en general en cualquier otro sistema patrimonial debe constituir él más importante capital de desarrollo.
El manejo de este capital debe hacerse con gran responsabilidad y sobre todo buscando la forma de transferir a los actores sociales locales el derecho a contestar las vitales preguntas ¿Qué preservamos, porque, para que y para quien lo hacemos?.
Participación, es entonces, la palabra que sintetiza el primer e imprescindible paso que debemos dar para la apropiación, preservación y puesta en valor de esos patrimonios locales, que son sin lugar a dudas motores del desarrollo y soportes fundamentales de la memoria colectiva.

Arquitecto Juan Martín Repetto.
Vicepresidente de la Comisión Nacional de Museos y Monumentos y Lugares Históricos.